Artículos de Haptonomía
LA ADOLESCENCIA , SEGUNDO NACIMIENTO
por la Dra. Catherine Dolto
ACERCA DE LA PATERNIDAD
Reportaje a Frans Velman
EL NACIMIENTO EN LA TIERRA DE LA UTOPIA
por Michel Odent
LA ADOLESCENCIA , SEGUNDO NACIMIENTO
Por la Dra. Catherine Dolto
La adolescencia no ha existido siempre, así como la infancia, su estatus e importancia son muy variables según las sociedades y las épocas.
Observamos que nuestras sociedades europeas se sienten mal con sus adolescentes, y ellos se sienten mal en sus sociedades. Se miran en espejo y se dan miedo. Este miedo los reúne y se lo puede comprender como síntoma del disfuncionamiento social de una sociedad que no sabe ni poner los límites ni significar la separación.
Si tomamos una metáfora del jardín, podría compararse nuestro estilo de educación con el cultivo de los árboles frutales puestos en emparrado. Se les tortura con la finalidad de qué den frutos de los que ya se sabe con anterioridad cual será el gusto y el tamaño que tendrán. Se parte del principio que si árbol crece a su arbitrio, no dará buenos frutos. Mientras que la haptonomía postula que el niño lleva en él lo bueno que le es necesario para dar frutos. El ser humano, en su nacimiento, no es ni bueno ni malo, es portador, potencialmente de lo peor y lo mejor, pero para que lo bueno se exprese es necesario interpelarlo y confirmarlo sin cesar. Una simple poda que deje al árbol tomar su forma y dar sus frutos, que no se parecerán a ningún otro.
No supimos transmitir nuestros valores a los jóvenes que nos siguen. Ellos transgreden nuestras reglas de vida, son más delincuentes, más violentos y más tempranamente.
La actualidad cotidiana nos confirma cada día este hecho y nos confronta con nuestra impotencia como cuerpo social que tiene que contener esta "nueva barbarie".
Mientras que la mundialización nos invita a reinventar una ética de vida en conjunto y a aprender a transmitirla a nuestros niños, vemos que nuestras sociedades amenazan con sucumbir desde adentro por la incapacidad de compartir el espacio y el tiempo entre generaciones.
Es legítimo entonces interrogarse sobre la adolescencia, cada uno desde nuestro lugar, y es esa la razón por la cual no desarrollaré aquí la parte apasionante del aspecto sociológico de la cuestión, que no es de mi competencia, para hablar solo de educación.
La práctica de la haptonomía, desde hace 23 años me ha permitido adquirir las certezas que me parece deseable compartir.
Antes de seguir adelante quiero decir aquí que no se puede permitir hablar de educación si no se ponen de manifiesto dos cosas esenciales :
No se debería jamás juzgar a los padres por sus hijos (no se debería además juzgar a nadie salvo si uno es juez). De hecho la experiencia nos muestra que ciertos padres que han hecho verdaderamente lo que mejor pudieron, pueden ver a sus hijos descarrilar, mientras que otros a quienes se predecía lo peor, se encuentran con niños ubicados y bien plantados en la vida.
La educación no es una ciencia exacta. Los adultos proponen, el niño dispone, tomado dentro de una red de influencias muy diversas dentro y fuera de su familia y de circunstancias que juegan un gran rol. Sabemos actualmente que las influencias transgeneracionales ejercen una influencia importante. Lo que viene del medio, del contexto, de las experiencias influye en el desarrollo, y esto desde la vida prenatal. Lo que el niño vive en el vientre materno, hará que inhiba o exprese ciertos genes, es la dimensión epigenética cada vez más conocida en nuestros días.
Respetar a un niño es aceptar que él tome el riesgo de equivocarse sin por eso perder su valor. La paciencia requiere mucho amor.
Todo el mundo comprende la importancia de lo afectivo, pero con la haptonomía disponemos de herramientas de trabajo racionales, occidentales que nos permiten abordar el cuidado, en el sentido mas amplio del término, y la educación de manera totalmente innovadora y sin embargo afectiva.
A Frans Veldman con quien aún trabajamos intensamente, le gusta decir que una ciencia que no se preocupa de la felicidad humana no merece el nombre de ciencia.
La haptonomía nos enseña que la búsqueda del sentimiento de seguridad y el miedo a la soledad atormentan el corazón humano. El hombre es una especie nidícola como los pájaros que no dejan el nido hasta que saben volar. El recién nacido como el niño y el adulto buscan sentirse en seguridad, aún si objetivamente no lo están, pueden tener el sentimiento.
Una vida humana es una trayectoria que se desarrolla desde la concepción hasta la muerte. Tras el caos aparente y las peripecias variadas, siempre se puede discernir una cierta continuidad.
Los acontecimientos dejan sus marcas y se hacen eco, los miedos y los sufrimientos nuevos despiertan los sufrimientos y los miedos más antiguos. A veces nos sorprendemos ante la incapacidad de alguien de hacer el duelo de su perro, se desconoce sin darnos cuenta que a través de ese duelo es tal vez a sus padres o a sus abuelos muertos hace treinta años, a quienes llora.
A todo lo largo de esta trayectoria de vida, cada experiencia vivida viene a sedimentar para formar el humus psicoafectivo consciente pero sobre todo no consciente, en el cual cada uno de nosotros puede hacer frente a los acontecimientos nuevos, cuando es necesario tomar una posición.
Sabemos actualmente que no hay una sino varias memorias múltiples muchas de las cuales no vienen a la consciencia hasta que no suceden ciertas circunstancias emocionales o sensoriales particulares. A la luz de los conocimientos nuevos, en particular los que nos aportan las neurociencias y la haptonomía, es necesario hoy osar replantearse el dogma de la amnesia infantil con el cual fuimos formados desde Freud.
En su mundo líquido, oscuro, cálido, el niño in utero, mucho antes de su nacimiento, percibe, siente, propone... espera. Todo nos conduce a pensar que acecha todo lo que pueda darle signo y sentido.
Sabemos hoy que, desde nuestra concepción a nuestra muerte, elaboramos y modificamos nuestro sistema nervioso en función de un ir y tornar entre nuestro patrimonio genético y nuestras experiencias.
Un niño in útero expresará o inhibirá ciertos genes en función de lo que vive. ¡Esto nos da una enorme responsabilidad!
El recién nacido nace rico en experiencias prenatales que habrán desarrollado en él un cierto sentimiento de seguridad o, al contrario, ya, una inseguridad latente, que le darán a su entrada en la vida aérea un carácter más o menos dramático según las circunstancias.
El recién nacido ante los increíbles cambios que aporta el tránsito de la vida acuática en el regazo materno, a la vida aérea, a la separación, debe hacer enormes esfuerzos para adaptarse y engramar todas las nuevas experiencias sensoriales. El cableado de los circuitos neuronales comenzado en el vientre materno, continua activamente.
Muy rápido le da a lo que vive un valor y un sentido. Como decía Françoise Dolto, para él todo es lenguaje.
Es necesario comprender que el recién nacido es alguien que ha perdido su libertad. En el regazo materno, él podía jugar con su cordón, su placenta, sus manos, sus pies. Podía succionar su dedo gordo, masturbarse, danzar entre las manos de sus padres, acercarse o alejarse de aquello que atraía su atención o le daba miedo. Podía también, cosa esencial, invitar a sus padres al encuentro, reconocido así como sujeto de su historia.
entregado a los adultos que lo manipulan, a menudo como un objeto, ante la fuerza de gravedad. Los bebés tienen miedo al vacío y se adaptan tan bien como pueden entre el ser levantados y vueltos a acostar que son momentos desagradables e insegurizantes, la mayoría de las veces.
Cuando sabemos de verdad lo qué es un recién nacido, nos sentimos dolorosamente oprimidos al constatar las pruebas que le tocan vivir.
Venía de un mundo en el que estaba enteramente rodeado de contactos y encuentros, helo ahora sumido a acontecimientos inquietantes que se reproducen cada dos horas.
Descubrir el hambre, el dolor de panza, las nalgas mojadas, la soledad y la dependencia, es una ruda aventura ! Comprendemos que algunos sientan nostalgia del pasado hacia el que buscan volver bajo una forma regresiva.
La cuestión del paraíso prenatal perdido al cual muchos humanos buscan regresar, ha sido mal postulada. En muchos casos, la vida prenatal sólo es envidiable en comparación con una vida post-natal en la cual el niño no se siente en seguridad como necesitaría. Se dice a menudo que las madres le han dado la vida a sus hijos, eso es falso. En realidad los padres transmiten la supervivencia, la vida debe todavía ser dada a través de la acogida, las palabras, los gestos, que dan seguridad, placer de ser y gusto de vivir activamente. Ahí se sitúa verdaderamente el don del amor.
El recién nacido que debe hacer que los adultos vengan alrededor de su cuna con la buena idea o el objeto adecuado, buen objetivo, en el buen momento, está naturalmente egocentrado.
Toda la educación consiste en realizar un lento descentramiento que nos permita orientarnos hacia los otros. Hacerse cargo de un recién nacido es darle una verdadera cultura de las separaciones y los reencuentros. En ello va su libertad de llegar a ser sí mismo, se trata entonces de una responsabilidad política en el sentido más noble del término.
Lamentablemente la educación dada a los pequeños invita constantemente a la sumisión. En ese momento de su vida, cada instante es una primera vez, con la fuerza de las poderosas impresiones que eso implica.
Reacciona a lo que se le propone, con toda la singularidad de su bagaje genético y con toda la riqueza de las experiencias de un pasado breve pero intenso.
Como todo humano que atraviesa una prueba, tiene necesidad de hablar de ella. Para el recién nacido se trata de escuchar las palabras dichas sobre lo que él experimenta, ya que la palabra es el privilegio de los humanos. Pero el niño busca también la coherencia que da sentido a las palabras y a los gestos. Como lo dice bellamente el psicoanalista Joël Clerget, hay palabras que tocan y gestos que hablan. Los bebés son extremadamente sensibles a la armonía o a las discordancias entre la manera de sostenerlo y el lenguaje. La manera de llevar a un niño es significante como un lenguaje.
LOS ECOS
En la adolescencia por segunda vez en nuestra vida, hay que pagar el peaje por pérdidas inquietantes. En el nacimiento, hay que morir a nuestra vida fetal y su intensa liviandad. Hay que dejar el estado casi simbiótico para entrar en el mundo de los que afrontan la soledad. El cordón cortado implica un lazo modificado.
Hay que renunciar también a la perfusión placentaria para entrar en la comunidad de los que deben alimentarse y respirar solos y también dejar la ingravidez acuática para afrontar la gravedad que nos aplasta a la cuna. No es sorprendente entonces, ver adolescentes que experimentan una gran necesidad de cambiar de aires y se vuelven egocentrados después de la maravillosa apertura al mundo de la fase que precede la adolescencia.
En la adolescencia, hay que dejar la infancia y sus privilegios para entrar en el mundo de los que se hacen cargo de su vida. Dejar la falta de preocupaciones de la infancia y tomar la medida de la gravedad de las situaciones que afrontan los mayores.
Ahí también se trata de separarse, de alejarse de lo que daba seguridad para crecer, es decir, ir en el sentido de su propia vida para convertirse en uno mismo.
Aún si no se es conciente, se sabe en nosotros el peligro de ir a contra pelo, en el sentido contrario, hacia la regresión, hacia lo que no es la vida pero se parece a la muerte del sujeto que en nosotros sigue siendo siempre deseante.
Todo esto nos invita a no olvidar cuanto coraje se necesita para vivir verdaderamente y no contentarse con sobrevivir.
Como la primera vez, en nuestro nacimiento, es posible que quienes nos rodean sufran este alejamiento necesario y más o menos conscientemente nos empujen a renunciar a él.
Puede que simplemente percibamos dolorosamente el sufrimiento que nuestras mutaciones les imponen.
El sufrimiento de quienes amamos es un freno potente. A veces solo la rebelión y el rechazo abren la posibilidad de no someterse a esta negatividad. A la fusión responde la fisión, las relaciones demasiado fuertes raramente se desanudan suavemente.
En la adolescencia pueden despertarse los conflictos entre la madre y el lactante. A veces las madres se sienten malas madres porque su bebé no responde como ellas lo desearían conscientemente a sus ofrecimientos de cuidados, mientras que ellos responden pertinentemente a dificultades subterráneas que ellos intentan desbaratar o desenmascarar indirectamente.
Cómo los recién nacidos deben afrontar las depresiones post parto que devastan a sus madres, los adolescentes se encuentran a menudo confrontados a solapadas depresiones parentales, no diagnosticadas pero igualmente dolorosas, que se encuadradan en el balance de una vida en la que no encuentran sentido, porque los niños ya no juegan el rol de tutor interno.
Los niños pequeños proveen no solo ocupaciones si no sentido a la vida. Françoise Dolto decía que los niños no deben ser el centro de la vida de sus padres sino que deben ser periféricos. La práctica clínica nos muestra que cuando esto es cierto las cosas acontecen mejor al llegar la adolescencia.
Mientras que sus hijos cambian los padres afrontan con frecuencia la crisis de la mitad de la vida, como se dice ahora. Es una peculiaridad de nuestra época en la que faltan cruelmente los rituales de pasaje que permiten asumir las transiciones. Esos rituales eran útiles para todos, tanto para los niños, como para los padres y los abuelos.
Los recién nacidos viven por y para su madre en una relación de exclusividad, como en el estado amoroso, caracterizada por el hecho que la sola presencia del Otro nos colma. Los adolescentes, tanto en la amistad como en el amor, son a menudo posesivos, exigentes, exclusivos e intransigentes. La entrada en la vida amorosa se realiza del mismo modo que en el nacimiento.
Por segunda vez en su vida, el niño es sede de transformaciones corporales importantes con todo lo que eso implica en el flujo de percepciones nuevas, agradables o desagradables. Con un sentimiento de extrañeza del que puede venir en el adolescente un sentimiento de ser tan extraño para sí mismo como para los otros.
Por segunda vez en su vida, es el lugar de una inundación hormonal que modifica fuertemente sus órganos genitales y su libido vital. En el nacimiento los órganos genitales son muy voluminosos y sucede a veces que los bebés tengan un crecimiento de las mamas y en las niñas pérdidas de sangre como pequeñas menstruaciones.
Es difícil en una época como la nuestra en la que todo está sexualizado y en la que el reino de la imagen es tan imperioso. A través de los medios de comunicación se expone su vida privada, pasando de lo íntimo a lo éxtimo sin siquiera percibir lo que hay de destructor en esta exhibición que nos aporta la notoriedad, ya de por sí potencialmente fragilizante en sí misma. No encajar con las imágenes emblemáticas de la femineidad puede empujar a ciertas jóvenes a la desesperación.
Por segunda vez en su vida, el niño les hace contornear un cabo a sus padres. Los obliga a captar el paso del tiempo, a afrontar su edad.
Remueve las generaciones.
Cada padre, cada madre es confrontado al mismo tiempo a su envejecimiento y a su propia adolescencia como su bebé recién nacido les había confrontado a su nacimiento.
Algunos padres descubren con vergüenza que están celosos de sus hijos. Los celos, el orgullo, el miedo, los grandes ingredientes universales e intemporales del sufrimiento humano. En el mejor de los casos los padres llegan a tomar consciencia de esos sentimientos, pero afrontan entonces la vergüenza y la culpabilidad que esos sentimientos, tan comunes sin embargo, siempre generan.
Cada pareja parental es cuestionada sobre su vida y su futuro. El psicoanalista Denis Vasse dice que cada recién nacido, con los medios de que dispone, convoca a sus padres para preguntarles quiénes son, qué hacen juntos y por qué lo han traído al mundo.
El adolescente sacude y cuestiona nuevamente a la pareja de padres que puede interrogarse sobre sus capacidades de seguir unida y viva sin el cimiento que constituyen los niños aún pequeños de los que hay que ocuparse juntos. El adolescente como el recién nacido sienten de manera muy fina lo que tiene que ver con el lugar de su padre y la relación de pareja entre sus padres. Estos llegan a menudo en un periodo en el que la cuestión del deseo, de la sexualidad y de la seducción, se exponen de manera dolorosa, como es el caso después de un parto.
En la adolescencia a veces las parejas se deshacen porque no ven para nada la situación de la misma manera. Sucede que uno de los padres se identifica con su hijo en crisis y se ubica como aliado contra el otro padre. La situación se vuelve entonces explosiva para la familia.
Como los padres deben renunciar al niño imaginario desde el momento en que tienen su recién nacido entre los brazos, el adolescente, mirando a sus padres con esa mirada láser que tiene, pierde a menudo sus ilusiones sobre los padres imaginarios que su admiración de niño había forjado. Nuestros niños cuando son pequeños nos encuentran los más bellos, los más inteligentes porque tienen necesidad de admirar y amar a sus padres. El error es creer que por eso somos los más bellos, los mejores y los mas inteligentes. Bajo la mirada de nuestros adolescentes, descubrimos que somos unos pobres humanos iguales a los otros. Una imagen de nosotros, padres, cae entonces dolorosamente. Esta caída lleva a algunos a la depresión.
Por parte de los padres, es necesario, como en el nacimiento, hacer el duelo del niño imaginario y volver a dar su confianza sobre nuevas bases.
Pocos padres tienen confianza en sus hijos, pero no tienen consciencia de eso. Llaman confianza a una aceptación de su hijo si se mantiene dentro de los límites que para ellos, como padres, son aceptables.
Es fácil dar esa confianza. Lo que cuenta es conservar la confianza a largo plazo en el devenir de un niño que disfunciona y poder significárselo. Dar confianza es hacerlo en relación durante todo el trayecto, aceptando ciertos rodeos que dan miedo en el momento pero se revelan fecundos a largo plazo.
Lo más grave para el niño que se puede hacer es retirarle nuestra confianza porque eso puede confiscarle la suya... la que necesita tener en sí mismo. Es como retirar los apoyos a un niño que aprende a caminar en un lugar peligroso.
Los adolescentes lo sienten y se angustian sin saber de dónde viene su angustia, al igual que les ocurre a los recién nacidos.
Todo esto nos conduce a pensar que para ayudar a un adolescente es muy útil saber lo más posible sobre las condiciones de su nacimiento y su primera infancia. Ya que una cosa es cierta, todas esas realidades no deben ser tomadas como hechos del destino de los cuales es imposible escapar una vez que los dados fueron tirados. Todo es trabajable.
Por momentos quisiéramos saber si el adolescente está en peligro. En efecto, ciertos adolescentes poco inquietantes se tiran un día por la ventana, mientras que otros cuyo disfuncionamiento es espectacular no están en peligro. Aún teniendo experiencia, es a menudo difícil saber dónde se está. El conocimiento sobre los inicios de la vida ayuda mucho a situarse y a decir las palabras y ejercer los actos que ayudarán de la mejor manera a pasar los momentos difíciles. Poner en resonancia ciertos comportamientos con lo que fue vivido anteriormente permite poner una distancia y le da al adolescente una cierta libertad. Hablar de todo eso entre padres e hijos, cuando es posible, permite a todos tomar distancia lo cual es el verdadero camino del acercamiento.
No hay un deber de felicidad. Pero osaría decir que hay un deber de discernimiento y de libertad. Les debemos a nuestros hijos que tomen una carga menos pesada de la que nosotros debimos llevar. Les debemos el desarrollo de la capacidad de pensar de manera autónoma a fin de no ser embriagados por cualquier movimiento de masas sean los que sean. Pienso en el inquietante desarrollo de las sectas. Esa es la meta de la haptonomía pre- y post natal.
Lo que sucede en las maternidades de los países occidentales y en los servicios de neonatología y de pediatría en los que no se preocupan para nada de las marcas patógenas dejadas por una medicina técnica, sometida a un deber de rentabilidad como si se tratara de un sector de producción como cualquier otro, es extremadamente inquietante.
Se puede ayudar a los recién nacidos a construirse en la seguridad afectiva, se puede ayudar a los mayores a volver a situarse en el mundo.
Cuando se está ante un adolescente al cual uno está ligado y que disfunciona, siempre se puede intentar de ver claro en uno mismo, comprender dónde se está... Como después de un nacimiento. Resta hacerse ayudar. Cuando una relación es tensa la calma de uno seguriza al otro a la vez. Un padre que se siente culpable y malo no puede ayudar a su hijo.
Si se puede llegar a sentir confianza en uno mismo como padres, es seguro que eso ayudará al adolescente a tenerse confianza. El viaje será precioso entre todos. Ya que el sentimiento de culpabilidad, siempre listo para manifestarse entre los humanos es un sentimiento muy tóxico, capaz de envenenar todas las relaciones familiares.
Por lo tanto todo puede siempre volver a replantearse. Si uno encuentra ante sí la confianza que permite reencontrar la confianza en sí mismo, entonces las rodaduras en las que uno se cree atascado, entrampado, pueden llegar a ser surcos, portadores de vida.
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