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Bajo este término, se agrupan actualmente tantas personas y organizaciones que podemos decir que se trata de un movimiento. El territorio que abarca es tan vasto que es necesario hacer dentro de él distinciones que permitan saber a qué nos referimos cuando hablamos de «la humanización del nacimiento».

Seguramente, cada grupo creará sus propias definiciones y especificidades según el sector del territorio al que esté referido su quehacer. Existen movimientos de parteras, grupos de usuarias, redes internacionales, agrupaciones transdisciplinarias, instituciones, investigadores, médicos que alzan sus banderas, mujeres acompañantes, varones que proponen otra paternidad. Hay una plataforma para los derechos del nacimiento en España. Están quienes trabajan con embarazadas, la psicoprofilaxis, distintos abordajes corporales, propuestas de partos en el agua, en cuclillas, en el hogar, casas de nacimiento, hospitales que implementan nuevas prácticas. También hay numerosas ligas que protegen la lactancia, quienes cuidan el vínculo primario, observadores de lactantes, investigadores de las capacidades y necesidades de los bebés durante la gestación y su llegada al mundo, doulas, grupos autogestivos de crianza y hasta legisladores comprometidos en la defensa de los derechos de las mamás y sus bebés.

Pensar el nacimiento humano está abriendo un espacio creativo de reflexión social sobre la violencia. Pasan cosas bellas e increíbles alrededor de este movimiento: abuelas que piden información para sus nietas embarazadas, personas de todas las edades que se juntan en una plaza para promover la lactancia; «murgas de la teta», muestras de arte, músicos que componen melodías para los bebés en gestación, carpinteros que crean banquitos para parir, grupos de bailarinas que danzan bailes del vientre, cineastas que filman elocuentes videos sobre la llegada al mundo, sensibilidad hecha arte de vida.

Robbie Davis-Floyd plantea en sus propuestas que hay un humanismo más radical y otro más moderado que incluye los pequeños cambios posibles dentro de cada sistema. Por ejemplo, sostiene que: «Darle la mano a una mujer en trabajo de parto, mirándola a los ojos sin decirle lo que tiene que hacer, es humanizar el nacimiento». En un capítulo de su libro Del médico al sanador, relata el modelo humanista en la Medicina, detalla los doce principios que lo caracterizan y la historia del humanismo dentro de esta ciencia. En líneas generales, se trata de una expansión de las angostas fronteras de la tecnomedicina; un enfoque relacional con los pacientes basado en el respeto y en la compasión, agregando así una dimensión interpersonal a la atención que responda a la peculiaridad de cada individuo. La participación del paciente en su cuidado, si bien avanza con respecto al modelo más paternalista de la relación, dista aún del protagonismo que defienden muchas agrupaciones enroladas bajo este nombre. ¿Quién es el que sabe? y ¿qué es lo que sabe el que sabe? Es decir, la distribución del saber como poder es la cuestión que subyace en este punto. «Aleja de mí la idea de que lo puedo todo», pide Maimónides en una invocación que dirige a los profesionales de la salud. Buena parte de las redes de mujeres que hay en todo el mundo están comprometidas en esta lucha que, para ellas, es una recuperación de saberes femeninos ancestrales.

«Humanismo significa poner el elemento humano en la educación médica: lo psicológico, lo sociológico y lo humanístico», dice un entrevistado en ese libro. De este modo, delimita otro gran tema como lo es el de la formación basada en el aprendizaje académico. El nacimiento, al no ser una enfermedad, le plantea a la Medicina un desafío que más que técnico es filosófico y la acerca a una dimensión espiritual de la vida, que L. Dassey define como «el deseo de honrar un aspecto trascendente y transpersonal de la existencia».

El aporte de la Antropología es fundamental para comprender cómo llegamos hasta aquí y desde este lugar plantear posibles aperturas. De allí, el «desafío». Aunque algunas corrientes plantean la necesidad de recuperar el lugar de las mujeres en relación con su propio cuidado y con el parto mismo, otras sostienen la Medicina basada en la evidencia como el próximo paso por realizar.
La Psicología nos amplía la mirada para poder pasar de una concepción puramente biológica del cuerpo a una en la que el cuerpo se considere un sujeto con historia propia, encarnado en esa biología (en ese cuerpo). Reunir las partes, no sólo el cuerpo como un todo, sino la persona en todas sus dimensiones, está en la base del humanismo.
El movimiento incluye, también, abogados que, lejos de tomar el lugar de perseguidores que los médicos tanto temen, están abocados a la tarea de otorgar bases a las nuevas prácticas y de proteger los derechos que han comenzado a legislarse en nuestro país.
Dice Frans Veldman, creador de la Haptonomía, la ciencia de la afectividad:

El derecho incontestable, fundamental del humano, es el derecho a su reconocimiento mediante la afirmación racional de su existencia y la confirmación afectiva de su ser, desde la concepción. Un mundo que se dice humano debería —antes que nada— respetar y garantizar ese derecho. Una humanidad verdadera no puede existir sin que este derecho sea reconocido y respetado. Preservarlo, como derecho humano fundamental, concierne a la responsabilidad de cada uno.

La humanización trae, entonces, un espacio de apertura para el desarrollo que incluye a toda la sociedad, ya que todos nacimos de parto, y muchos serán los padres de las generaciones futuras. No es un tema que sólo importa a las parejas cuando están embarazadas, sino que nos llama a todos a la reflexión y al compromiso. Sin ese espacio, los impulsos vitales que pugnan por participar se frustran y se convierten en resentimiento y alimento del miedo.

La humanización está indicando, quizás, que éste es un momento de cambio (a los gritos, como se manifiestan a veces las necesidades de cambio), que lo que hemos hecho hasta ahora ya no es efectivo para responder a las necesidades de las personas y de la vida y que tenemos que buscar nuevas respuestas.
El nacimiento pone de manifiesto la innata polaridad entre lo viejo y lo nuevo, y la relación entre ambos. Es la concreción misma de la constante irrupción de lo nuevo. ¿Cómo nos relacionamos con eso? ¿Cuáles son nuestras primeras acciones y sentimientos? ¿Cómo lo recibimos en el mundo? Abrir espacio para que lo nuevo pueda emerger, manifestarse y traer su mensaje revitalizante al mundo está en el espíritu del movimiento por la humanización del nacimiento. Así, la vida se renueva, aunque «lo viejo», lo establecido no parezca siempre disponible al cambio.

Entre los seres vivos, los humanos tenemos la capacidad de cuestionar, somos los que podemos desarrollar la conciencia; si no lo hacemos, desperdiciamos esta oportunidad de ser humanos. La gestación, el parto y el nacimiento son momentos privilegiados y a la vez cotidianos, es decir, al alcance de nuestra mano para recordar que somos humanos. Si nos animamos a no entrar en la repetición y tomamos la fuerza para osar dar otras respuestas, ejercemos nuestra libertad. Esto da mucho trabajo, como cualquier cambio; en especial el trabajo de abrirse y de cuidar lo delicado que surge de la apertura, de desarrollar nuevas habilidades, de seguir aprendiendo. Un trabajo que nos abre a un mundo nuevo, más real. A veces se trata sólo de dar un pequeño paso, de dejar de hacer algo automáticamente, de formularse una pregunta, de escuchar, de mirar. Para eso es necesario que haya «un espacio», y eso es lo que está logrando este movimiento. La humanización invita a andar un camino para el encuentro y el desarrollo humano desde el inicio de la vida; ¡cada uno puede subirse en la estación en que se encuentre!

Qué es la Humanización del Nacimiento (2da parte)

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