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Testimonios
Proponemos este espacio como un Foro de intercambio y multiplicación que valide el sentido la potencia de la experiencia personal. Cuando recibimos relatos sobre experiencias traumáticas, aconsejamos a las personas que escriban y las envíen a varias personas (sobre todo a aquellas que estuvieron implicadas en el acontecimiento). Damos especial valor al hecho de relatar experiencias, como un modo poderoso de promocionar cambios.
Igualmente las experiencias positivas, alientan a quienes están gestando, (no solo a sus bebes sino esperanzas e intuiciones sobre como podría ser su llegada al mundo) a avanzar en esa dirección. Por eso invitamos a todos los que tengan una experiencia en uno u otro sentido, a participar en este foro enviando el relato de su experiencia a info@fundacioncreavida.org.ar y una dirección de correo personal donde las personas que sientan afinidad, puedan conectarse.
Una guerrera de la vida
Esta es una historia de esperanza, fe, lucha, amor y felicidad.
Di a luz dos hermosas bellezas que decidieron conocer el mundo a las veintinueve semanas de gestación. El parto fue lo más hermoso que viví en toda mi vida; me cambió la vida.
Luego de salir de mi panza y de poder darles un besito en sus pies, se las llevaron directamente a Neonatología. Estas dos princesas se llamaron Federica y Lola.
Fue muy duro caer en la cuenta de que las bebas que había llevado conmigo durante tanto tiempo y esperaba llevarme a casa, quedaran internadas, pero así fue.
Nacieron un viernes, y ese primer fin de semana, quien estuvo muy grave fue Federica: la pusieron en un respirador de alta frecuencia (no en el convencional); Lola sí tuvo asistencia del respirador convencional.
Federica mejoró y comenzó su lenta pero exitosa recuperación y crecimiento, pero Lola empezó a decaer; la pasaron al mismo respirador de alta frecuencia que había tenido Federica, pero las complicaciones empezaron una tras otra. No terminaba de salir de un cuadro cuando aparecía uno nuevo y peor. Las dificultades fueron muchísimas. Los neonatólogos nos contaban que, en diez años, sólo seis casos habían sido como los de Lola.
Como papás, uno comienza a recorrer un camino desconocido, con sentimientos de desesperación, de angustia, de tristeza, pero, a la vez, las va viendo crecer, y cada mínimo avance o signo de un pronto bienestar da alegría y esperanza.
Pasamos cuatro meses y medio viviendo un mundo que, al principio, parece desconocido pero luego comienza a ser costumbre y hasta parece natural. Uno pierde la perspectiva; está tan inmerso en este nuevo mundo, con papás que están viviendo lo mismo, que se convierten en nuestros mejores confidentes, amigos y compañeros. Sufríamos y nos alegrábamos todos juntos.
Vivimos tremendos altibajos. La salud de Lola cambiaba de la mañana a la tarde o de un día para el otro. Cada vez que un médico se acercaba, te temblaban las piernas y la voz; hasta el corazón se te partía un poquito.
Primero, Lola tuvo un problema en los pulmones que duró tres semanas y del cual no se podía recuperar; no podían pasarla al respirador convencional debido a la debilidad de sus pulmoncitos. Luego, los riñones dejaron de funcionarle; no hizo pis durante dieciocho días. No podía lograr algo tan banal y natural, y retenía todas las toxinas. Su cuerpo estaba en permanente peligro de infección, al margen de estar hinchadísima a causa de la retención de líquidos.
Estos altibajos que cuento sucedían de un día para el otro; eran un paso para adelante y dos para atrás. Es terrible el sentimiento de impotencia, como papás, de no poder hacer nada, hasta que, en un momento, tomás conciencia de lo importante y de lo imprescindible que sos para tu hijo. éramos su sostén. No podíamos más que meter nuestras dos manos dentro de la incubadora y acariciarle sus manos o la parte del cuerpo que estuviera sin cables, sin vías, sin vendas.
Cantarles y hablarles todo lo que pudiéramos, con mensajes positivos que les enviaban fuerza, palabras de cariño, de amor y de aliento.
Hoy por hoy, estoy convencida del valor que tiene la palabra, de lo importante que es, por más que uno piense que no nos entienden o que parecemos locos hablando con una personita tan chiquitita, recién llegada al mundo; pero no, los bebés perciben, entienden, sienten el valor y el amor que se transmite a través de esas palabras. Puede que no entiendan «¡Fuerza, bebé!» literalmente, pero el calor, el aliento y la fuerza siempre llegan.
Nuevamente, los riñones comenzaron a funcionar, pero duró poco la alegría; enseguida contrajo una infección de cándida que la desestabilizó por completo y le alteró todo lo relacionado con la sangre. Comenzó a tener hemorragias internas que no se podían controlar, hasta que apareció un coágulo en el corazón, y tuvieron que darle algo para disolverlo, pero con el riesgo de que tuviera más hemorragias. Le dieron la medicación, y el tema empeoró. El riesgo de las hemorragias se hizo realidad y, encima, el coágulo no se disolvió. El peligro era que se desprendiera y tapara la arteria y, por ende, no sobreviviera. Por eso, tomaron el riesgo igual.
Les confieso que ése fue el peor día de nuestra vida. No podíamos entrar a verla; estuvimos desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde y no pudimos poner un pie adentro. Cuando llegó el cambio de turno de la mañana, las enfermeras nos saludaban y nos decían «Lo siento mucho». Fue terrible. No sabíamos qué era lo que estaba pasando adentro con nuestra hija, pero sabíamos que no era nada bueno.
Cuando, finalmente, pudimos entrar, la médica neonatóloga estaba con lágrimas en los ojos. Sus palabras fueron: «Lola esta muy grave, chicos». En ese momento, quebramos en llanto y preguntamos si había algo más para hacer; su respuesta fue negativa.
Sentimos que el mundo se terminaba; nos preguntamos tantas veces por qué, por qué, por qué…, pero sólo recibíamos silencio. Nos sentamos junto a ella; estaba en una incubadora que no tenía techo; nos tiramos sobre ella y le cantamos, la besamos, le pedimos que no se fuera, que se quedara con nosotros, que iba a ser feliz, que tenía que ser fuerte, que estábamos a su lado para acompañarla y que nunca, pero nunca, la íbamos a dejar sola. Rezamos y rezamos. Les pedimos a Dios, a la Virgen y a todos sus santos que la protejan y la ayuden. La fe nos dio sostén y nos mantuvo viva la esperanza.
Luego de una noche sin consuelo, llegamos a la clínica a primera hora. El panorama era otro. Cuando la jefa de la Neo llegó, vino a verla y nos confesó que había habido mejorías y que era un MILAGRO; que no habían tenido esperanzas de que pasara la noche.
Por suerte, «Lola la Milagrosa», como le decían las enfermeras, comenzó su cuesta arriba. Las cosas iban mejorando día a día; eran más los pasos para adelante que para atrás. Poco a poco, fuimos pasando de la Neo 1 a la 2, luego a la 4 y, por último, a la 5, hasta que el 8 de marzo de 2007 salió victoriosa de la clínica.
Lola es una guerrera, una luchadora, una enamorada de la vida. Es un ejemplo para muchos de los grandes. Es una esperanzadora.
Solo tengo palabras elogiosas para esta princesita que, con tan pocos días de vida, nos ha enseñado mucho más que algunos que han vivido largos años.
Hoy, Lola tiene un año y cuatro meses, y sigue luchando contra todas las secuelas que le dejó esta batalla. La lucha sigue, y estoy segura de que, finalmente, ganará la guerra. La esperanza es lo último que se pierde.
Vivan con fe, esperanza y amor. ésa es una fuerza indestructible.
Ana Galiano
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